El custodio de la biblioteca patricia

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En la antesala del despacho de Federico Pinedo hay una especie de revistero con libros de Nora Iniesta. Lo primero que se ve al entrar a su oficina es una remera con una inscripción de las Islas Malvinas. Es un ambiente austero, pero muy personal. En una mesa ratona de vidrio, que acompaña a dos sillones de un cuerpo, está apoyado el voluminoso Master of the Senate. Pinedo acomoda los lentes de lectura por encima del ejemplar. Se muestra sorprendido porque la excusa de la cita no solo fue la publicación de Ser humano (Mardulce) sino también su vínculo con el escritor Rafael Pinedo, primo segundo, fallecido en 2006, de quien estoy escribiendo un relato biográfico. Antes de mediar algún tipo de pregunta, el Presidente provisional del Senado empieza a hacer memoria…

“La mamá de Rafa y de Jorge [Pinedo, psicoanalista y durante muchos años, redactor de Página/12] era Escardó, que era hija del famoso médico, Florencio Escardó. Quien a su vez estaba casado con Eva Giberti, también psicóloga o psiquiatra. Y Jorge tuvo un hijo con la hija de Walsh, Patricia. Me acuerdo que un día estábamos en la Cámara de Diputados –en la Comisión de Derechos Humanos– y, no sé, apareció un caso de violación de derechos humanos y yo intervine. Y estaba sentada al lado mío Patricia –estaba de acuerdo con lo que yo decía– y entonces me dice: “Mi hijo es Mariano Pinedo”. A lo que yo le digo: “¿Por qué? ¿Quién es?”. Es muy gracioso, porque mi hermano kirchnerista se llama Mariano Pinedo también”.

 

Homónimos

Claro, así que hay dos que no se deben conocer (risas). Y entonces me contó ahí que había tenido el hijo con Jorge. Yo lo quería mucho a Jorge. Y a Rafa. De muy chiquitos jugábamos juntos. Tengo muchos recuerdos. Después, de más grandes, nos dejamos de ver. Jorge militó más en la izquierda. Escribía en Página. Y era un tipo bastante importante. Digo, en las cosas que escribía. Era un tipo respetado. Y escribía bien. Y había tenido esa relación con Patricia Walsh, que yo no sabía.

 

¿Y qué tal eran esas reuniones familiares?

A ver si te puedo dar algún dato. Pinedo, mi abuelo, era el que fue ministro. Tenía varios hermanos, pero uno se llamaba Jorge, que tuvo dos hijos, un varón y una mujer. El varón también se llamaba Jorge. Le decían Chapi. No sé por qué. Y Chapi era el padre de estos chicos. Era increíble, flaquito, de ojos celestes. Tenía pelo. Y salía con minas hasta cuando tenía 80 años. Y me acuerdo que tenía una novia. ¡A los 80 años! Una novia que era menor, de 65 años. Un día lo invité a mi casa.. Y le pregunté por los chicos, porque teníamos esa relación de cariño. Y me dijo: “No, no los veo”. ¡Mierda! Jodido eso. O sea, tiene que haber sido muy jodido, pero la verdad que no sé. Chapi no me quiso decir nada.  Chapi había tenido una vida peculiar, porque había formado parte de grupos filo-terroristas antiperonistas (se ríe).

 

¿Más o menos a mediados de los cincuenta?

Sí, o antes. Lo metieron preso. Creo que era del grupo de Roque Carranza, de toda esa gente. Aunque no era radical. Pero era muy chico. Tendría veinte años, a lo mejor. Y la otra hermana se llamaba Beba Pinedo. Y era muy, muy amiga de mi madre. Amigas de solteras. Y fue quien le presentó a papá. Así que mamá era amiga de esos Pinedos antes de conocerlo a papá. Lo conoció porque era primo hermano de ellos. La relación nuestra con ellos era muy cercana. Nos veíamos seguido. O sea, no había esa distancia de primos segundos. Era una relación muy cercana. El padre de ellos era como un hermano de papá. Y nos veíamos mucho.

 

¿Hay un parentesco con los Acevedo, del linaje de Leonor, la mamá de Borges?

Es posible. La mamá de Chapi, la mujer de Jorge Pinedo, el hermano de mi abuelo, era Acevedo, Cora Acevedo. Yo la conocí mucho. Corita le decían. Es muy gracioso, porque cuando fui al País Vasco a conocer el pueblo de mi familia española –como siempre los emigrados–, cuando llegué a un lugar, estaba el pueblo que se llama Pinedo y dice: “Pinedo 2”, “Acevedo 4”. Así que saqué una foto, porque es muy gracioso. Acevedo es el otro pueblito que está un poquito más allá. Los pueblitos esos tienen cinco casas. Me hizo mucha gracia ver Pinedo – Acevedo juntos.

 

¿Qué recuerdos tenés de Rafael?

En edad, Rafa debe ser como yo o un año menos. Jorge tenía más personalidad. Rafa era más tímido, un poco más chico que Jorge –un par de años menos–. Era un chico buenito, diría yo. Y cuando lo vi de grande, seguía siendo igual. Me acuerdo de su aspecto, muy de trabajo, muy profesional.  Tenía ojos vivaces, sonrientes. ¿Viste esa gente que sonríe con los ojos? Ojos sonrientes y muy brillosos, muy grandotes. Muy cariñoso. Ese es el recuerdo corto y lindo que tengo de Rafa.

 

¿De grande te volviste a cruzar con él?

Sí, ya de bastante grandes. Rafa medio que trabajaba en temas de computación. Trabajaba en Techint o para Techint. No sé bien. Y entonces un día –yo era abogado y no sé qué despelote teníamos con algo de Techint–, abro la puerta y aparece un tipo que era igual que yo. Era impresionante (risas). Estaba con pelo canoso. Yo la última vez que lo había visto tendría, no sé, quince años. Y apareció ahí, a los cincuenta. Fue muy impresionante. Fue un reencuentro de enorme cariño. ¿Viste esas cosas? Que te encontrás de vuelta, como reencontrar un hermano. El hijo pródigo. Y después de eso no lo vi más, porque se murió enseguida. Es increíble. Esto tiene que haber sido antes de 2003. Yo fui diputado en el 2003. Nos habremos encontrado con Rafa en el 2001. Después leí sus libros. Plop y otro más que no me acuerdo cómo se llamaba.

 

Subte. ¿Y qué recuerdo tenés de los libros?

Me parecieron, por lo pronto, interesantes, bien escritos. Es como que tiene ritmo. Y es bastante audaz en el tema y en la manera de escribirlo. Es medio futurista. Curioso es, una cabeza medio luminosa, diferente. Pero yo lo conocía más formalmente, no tanto en esa actitud.

 

¿Cómo es ese ritual que tienen los Pinedo todos los años?

Nosotros somos siete hermanos. Hacemos una cosa que le decimos “el entrevero”. El entrevero es que se junta toda la familia. Todos los que hay. Todas las generaciones. Papá se murió hará unos cuatro años. Mi mamá tiene 87, pero está increíblemente bien. De mi mamá para abajo, hasta los bisnietos. Y los familiares políticos. Tampoco tanta gente. Serán treinta personas. Eso por nuestro lado. Y a esos otros Pinedo, te digo, literalmente no los vimos más. Además ellos se pelearon con el papá por algún motivo. No sé cuál.

 

En Ser humano rescatás tu formación como lector. ¿Proviene de la biblioteca familiar?

Sí, de la biblioteca familiar. De mis dos abuelos. Mi abuelo Federico Pinedo tenía una biblioteca enorme, tres bibliotecas, de las cuales conservo yo parte. Tenía una biblioteca de economía y de historia. Era una biblioteca en alemán, en inglés, en francés y en español. Yo conservo algunos pocos libros de economía. Me quedé con todo Marx.

 

Fue uno de los primeros políticos que leyó a Marx.

Sí. Él tenía todos los libros de Marx. El primer tomo de El Capital es la traducción de Juan B. Justo, y después los otros tres tomos son en francés. Es muy gracioso cómo los tiene. El primero es en español y los otros en francés. Se ve que el tomo I, en francés, lo tiró.

“Pinedo era de familia rosista, socialista. Así que era una combinación extraña. Lo cierto es que yo me empecé a hacer rosista en una época, más o menos ahí, antes de que se muera Pinedo”

Porque era de Juan B. Justo la traducción.

Claro. Juan B. Justo había traducido el tomo I y Pinedo, siempre para joder, decía: “Juan B. Justo tradujo el tomo I, y leyó el tomo I, pero no leyó el tomo III” (risas). Porque el tomo III tiene que ver con “moneda”. El tomo I también tiene que ver con eso. Y después hay un libro que se llama Una contribución a la crítica de la economía política. Es un libro chiquito. Bueno, yo tengo varios de los libros de Marx. Me los quedé todos. Marx era muy ortodoxo en el tema moneda. Y es el maestro de Pinedo en esa cuestión. Yo me formé mucho ahí. De la biblioteca económica de Pinedo, yo me quedé con todo Marx y con todo Keynes. Y algunos liberales. Pocos. Me quedé con Say, con Schumpeter. No sé. Algunas cosas más. Pero no mucho. Después tenía otra biblioteca que es la del estudio de abogados. Esa biblioteca yo la tengo casi toda, por lo menos la parte francesa. Esa era la biblioteca del estudio de Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña y Federico Pinedo, que era mi bisabuelo. O sea, el papá de Pinedo. Y entonces tiene todos los… ¿Vos sos abogado?

 

No.

Bueno. En el Código Civil argentino están los artículos –que son los que dicen las normas de conducta que hay que tener– y tiene citas abajo. Y las citas forman parte de la interpretación del código. O sea, forman parte del código esas citas. Todos los libros citados en el código de Vélez Sarsfield están en la biblioteca ésa. Todos los libros franceses, españoles. Y esa es la otra biblioteca, que es la biblioteca del estudio. Yo estuve en el estudio de Pinedo mucho tiempo, trabajé. En esa época no había internet, entonces una enorme parte de la biblioteca eran los fallos de la Corte, de la Corte de Estados Unidos. Todo eso ahora desapareció. Los regalamos, no sé qué hicimos. Después había libros de historia. Tenía todas las obras de Sarmiento, todas las obras de Alberdi, todos los diarios de sesiones de las dos cámaras. Eso también lo regalamos. Y después tenía la biblioteca en su campo. Tenía un campo en General Madariaga, que esa te diría que es una biblioteca de historia, no sé cómo llamarla, universal. De autores latinos, españoles. También tenía una buena biblioteca en alemán, donde estaba Kautsky, Rosa Luxemburgo, Hilferding. Toda esa cosa de los socialistas de principios del siglo XX. Había algo de Bernstein en francés también.

 

¿Literatura tenía?

No tanta. Clásicos españoles, latinos. Tenía bastantes biografías. André Malraux, Stefan Zweig. Y algunas historias clásicas. Estaba Guibourg, Michelet. Tenía una historia del mundo que, por ejemplo, en la Edad Media estaba Henri Pirenne. Sí, mucha historia y mucha biografía. Talleyrand. A Pinedo le gustaba mucho Voltaire. Tenía las obras completas, que no debe haber ningún ejemplar en la Argentina probablemente. Eso se lo quedó mi papá. Lo tiene en su casa. Papá murió, pero ahí está. Todo Voltaire. Eso era porque le divertía Voltaire, que era un irreverente. Entonces le divertía. Una clienta de él le compró en Francia las obras completas, que son muchos libros. Deben ser cuarenta tomos. En fin… Esa era la biblioteca de Pinedo. Después está la biblioteca de Laferrère. Alfonso Laferrère era el papá de mi mamá. Laferrère era el Jefe Editorial en el diario La Nación. Y Jefe del Suplemento Literario del diario La Nación, que antes el suplemento literario era marrón y blanco; era como un papel más brilloso.

 

¿Cuánto te influyó como lector?

Él era Jefe Editorial de La Nación. Después Perón clausuró La Prensa, y ahí Laferrère hizo algo muy violento en su contra, y creo que lo sacaron de La Nación. No me acuerdo bien. Sé que se quedó sin laburo y la pasó muy mal, porque además los periodistas tampoco ganaban tanta plata. Y después vino la revolución del ‘55 y medio que lo reivindicaron. Pero la biblioteca de Laferrère era más literaria. Él estuvo en Francia en los años ‘20. En los años ‘20, Pinedo se fue a Alemania a conocer a los socialistas, a Bernstein, a Rosa Luxemburgo, a Kautsky, a no sé quién más. Ahí Pinedo tenía 25 años, que justo en ese año entró a la Cámara de Diputados. Y en la misma época, Laferrère se fue a Francia y ahí tomó contacto con los tipos que se llamaban La Acción Francesa. Ahí tengo unos libros. “L’action française”. La Acción Francesa era un grupo que había formado un tipo que defendía la idea de la monarquía en Francia, que se llamaba Charles Maurras. Y eran unos tipos de increíble calidad literaria. Melville, Maurras y Daudet, no me acuerdo quién más. Y entonces Laferrère se compró todos esos libros en Francia. Eso me lo dejó mi abuela, que se murió como a los ciento y pico de años. Así que tengo toda la colección, que es enorme. Maurras se transformó después en una especie de fascista. Pero tenía una gran calidad literaria el tipo. Y me perdí la colección de Melville, que no sé quién se la quedó. Pero tampoco me caben tantos libros. No sé qué hacer con esos. Los tengo desparramados por distintos lugares. ¿Y qué más tenía? De Laferrère tengo toda la colección de Avellaneda, que son varios tomos. Tengo como cuatro mil libros, que mi hija tiene en cajas. Y yo me quedé con los que yo opero, que son muchos menos. Deben ser mil. Así que, ¿de dónde viene mi cosa lectora? De ahí, de convivir con los libros, que creo que es probablemente el principal estímulo para los lectores.

 

Federico Pinedo (hijo). Ministro de Economía de Justo, Ortíz y Guido

¿Y con tu abuelo Pinedo, además de la biblioteca, tuviste vínculo personal?

Mi abuelo Pinedo murió cuando yo tenía quince años. Pero casi vivía en su casa, así que tuve una muy estrecha relación. Yo recién me empecé a formar cuando él murió. Pero tuve esa convivencia de formación en los últimos tres años, de los doce a los quince. Mi abuelo Laferrère era unitario, liberal en el sentido político, diría. Era latorrista, era demócrata progresista. Y Pinedo era de familia rosista, socialista. Así que era una combinación extraña. Lo cierto es que yo me empecé a hacer rosista en una época, más o menos ahí, antes de que se muera Pinedo. Pinedo, cuando escribía, por ahí decía “la tiranía de Rosas”. Pero después cuando hablabas con él, decía cosas a favor de Rosas. Que Rosas había sido indispensable para conformar la unión nacional; que si no hubiera sido por Rosas, no existiría la Argentina como unidad; que había hecho la base de lo que fue la Argentina moderna después y ¡qué sé yo qué! Y toda su familia era rosista. Y el padrino de mi abuelo Pinedo era Bernardo de Irigoyen, que era la quintaesencia rosista. Y entonces no sé qué habré dicho yo de rosista y Laferrere se preocupó y me mandó un libro así, que era sobre la tiranía y no sé qué cosa de un gorila que se llamaba Bernardo González Arrili. Un libro en contra de Rosas ¡pero tremendo! ¡De esos de que se comió a los chicos crudos, que las muertes, las torturas! Y yo reaccioné en contra del antirrosismo extremo.

 

¿Tu hermano Mariano [diputado provincial por Buenos Aires por Unidad Ciudadana] tuvo la misma formación?

No. Mariano es mucho menor. Cuando Mariano nació, Pinedo ya había muerto. No me acuerdo si lo llegó a conocer  a Laferrère. Pero su formación política fue fuera de casa.

 

¿Más autodidacta?

No. En mi casa, que eran “aliadófilos”, a todos los que eran pro Eje les decíamos los nazis. Y entonces mi abuelo Laferrère siempre decía que él era el culpable de que los nazis en Argentina lo hubieran conocido a Maurras, porque él lo había traído a Maurras acá, y que hizo una cagada. Bueno, Mariano tenía una serie de amigos que eran lo que nosotros hubiéramos llamado “nazis” unos años antes, que en realidad eran nacionalistas argentinos, de los cuales sigue siendo muy amigo. Y, de ese nacionalismo, como muchos, se hizo peronista. Y siguió su formación dentro de ese grupo. Nosotros éramos muy grandes, estábamos casados, teníamos nuestra vida, así que no teníamos tanta interacción de discusión diaria. Y, bueno, Mariano empezó por el peronismo.

 

¿Se ven seguido con Mariano?

Cada quince días seguro. En la mesa familiar. Vamos juntos a lo de mamá. Nos vemos familiarmente. Y compartimos un montón de cosas. Con él nos unen un montón de personajes. ¿Viste que los nacionalistas son medio literarios? Entonces compartimos los Dávalos, algo de música.

 

Deben ser divertidas esas discusiones.

Sí. Al final, como no queremos pelearnos, nunca discutimos demasiado a fondo. Siempre, en un punto, frenamos para que el otro no se sienta incómodo.

“Un día “Paco” Durañona me dice: “Acabo de encontrar esta foto que quiero que la tengas vos. Acá está tu bisabuelo, que es Federico Pinedo”. Y este que está al lado era Gregorio Laferrère. O sea, mis dos bisabuelos están sentados uno al lado del otro. En la banca de la Cámara de Diputados”

¿La idea del libro surgió como una suerte de cuaderno de apuntes?

Pasó lo siguiente: yo leía mucho y empecé a encontrar algunas afinidades entre distintos autores. Leía algo que me decía “esto es así” y después leía otra cosa que no tenía mucho que ver con ese autor, y aparecía el mismo tema. Y después un tercero, y aparecía el mismo tema. Tipos que no tenían nada que ver. Por ejemplo, estaba leyendo Jünger, el tema de la Segunda Guerra, lo que fuera y, por ahí, aparecía un tipo hablando de energía nuclear o de física cuántica, como Swedenborg, Y yo veía qué tenían cosas en común y entonces lo que me vino a la cabeza fue: “Todas estas cosas que estos tipos tienen en común –o Thomas Merton, que era un cristiano– yo las tengo que poder atar, porque dicen lo mismo tipos que enfocan la vida desde lugares que no tienen nada que ver”. Entonces sobre esa base, empecé a ver cuáles eran las cosas que tenían en común fulano, mengano, zutano, perengano. Jünger, Jung, Merton algún cuántico, algún otro más. Entonces, ¿en qué temas tenían algo en común? Tenían algo en común en lo interior y lo exterior, o en el dilema de la libertad, el dilema de la dualidad de los sexos, o el tema de la libertad y del destino de la libertad. Esos dilemas bastante normales en la filosofía. Y entonces primero traté de identificar cuáles eran los temas en los que esta gente opinaba cosas en común y ahí empecé a buscar lo que decía Jünger, lo que decía Broch, lo que decía el otro. Y entonces fui armando una especie de cuadrito. Después traté de darle una lógica a eso. Ese es el extraño mecanismo por el cual hice ese libro que, en definitiva, no es ni más ni menos que la intención de que no se pierdan, por un lado, mis apuntes al margen sobre todos esos temas, con mi mirada y, por otro lado, la rara sincronía entre lo que pensaban tipos muy distintos sobre un mismo tema.

 

Trabajás con binarismos que no están mirados como tales, por ejemplo Crisis y Oportunidad, Bien y Mal, entre otros.

Claro. Por supuesto que lo que yo había tomado y los apuntes que había hecho son de cosas circunstanciales que están en un libro y yo le tengo que dar una lógica. Entonces, por ahí, yo me agarro de una cita nada más, de un flaco que escribió cinco libros, pero me agarro de una cita, y después le tengo que dar una lógica a ese tema. Pero, por decir algo, interior–exterior era un tema que era muy obvio en algunos autores, como Broch, pero también había cosas de Jünger de eso, y había muchísimo en Merton. Pero tipos tan distintos como esos, ahí fue. Y después un poco de cosa propia que, cuando empezaron a ser escritos, yo no tenía respuestas. Pero por lo menos tenía las preguntas. Por eso a alguna gente le pareció interesante. Abel Posse comentó eso, que era como una búsqueda y que era como una aventura que me iban acompañando en tratar de descifrar cuál era la respuesta. Y que la respuesta podía ser esa u otra.

 

Me pasó que leyendo las referencias de Jünger que hacías, recordé una frase que decía que él consideraba que la rebeldía es actuar en un hecho concreto de una manera concreta. La pregunta viene a ver si vos –tanto como lector o como abogado, político– detectás actos de rebeldía cotidianos.

Sí, total. Tendría que hacer un poco de psicoanálisis para ver eso de dónde me viene. Pero yo te diría que hay dos rebeldías en mi vida cotidiana; una es la de no tener respuestas automáticas. Eso viene de Pinedo, probablemente. Esa cosa de Pinedo de ser socialista y rosista, te obliga a decir: “Che, a ver cómo es esto”. Si yo agarro un liberal, ya sé lo que el tipo va a decir de cualquier cosa. O agarro un marxista y también sé lo que va a decir de cualquier cosa. Pero el hecho de que pueda haber unas miradas más complejas y supuestamente paradójicas, eso viene de Pinedo. Y mi primera rebeldía es no rechazar nunca –así de saque, de entrada– una mirada de otro. Entonces viene Zaffaroni a hablar de Derecho Penal o de la Teoría de la Pena y lo oigo con mucha profundidad, y le pregunto, porque se me ocurre que debe tener pedazos de verdad en lo que dice, y quiero entender por qué lo dice. Esa cosa de no rechazar de entrada las miradas contrapuestas. Y no tener respuestas automáticas. Yo creo que eso es una característica simpática –para mí– que tengo. Y la otra rebeldía es la rebeldía de la ética. Jodida en la política.

 

¿Incompatible o no?

Jodida porque normalmente en un mundo no ético –o no esencialmente ético, puede haber un corrupto o puede ser un tipo que diga la razón de Estado está por encima de la ética privada, con esas gradaciones–, ser ético tiene un costo alto. Porque los no éticos te ven como un peligro, entonces no interactúan con vos, y si no interactúan con vos, no podés influir, entonces no cumplís con la función política. Y tiene costos. Tiene costos de corto plazo y tiene ventajas de largo plazo. Entonces hay que revertir los costos de corto plazo. Esas son dos rebeldías que yo veo. Pero puede ser que haya otras concretas como decís vos. Debe haber muchas. Yo creo que hay que ser original, en el sentido de hacer algo propio.

 

Un estilo, una marca, ¿no?

Lo que sos vos. Lo que te salga de adentro a vos. Después me pasa una cosa rara y un poco frustrante que es que yo creo que evolucioné mucho y que gracias a una decantación, de ir buscando, encontrando y teniendo ideas más sólidas sobre las cosas, escribí el libro éste. Hace poco una sobrina mía vino y me dijo: “Mirá lo que encontré”. Era un papel, de media carilla, 1970, y me dice: “Esta es la síntesis de Ser Humano”. Y me muestra una cosa que yo había escrito cuando tenía 14 años y era lo mismo. Y yo digo: “¡Puta madre! De los 14 años que pienso lo mismo. Y no evolucioné nada”. ¿Me entendés?

 

¿Qué decía?

Era la idea de que cumplir con tu destino era cumplir con tu potencial.  Pero yo creía que eso lo había descubierto yo, cuando tenía 50 años, y resulta que lo había escrito cuando tenía 14.

 

¿Y tenés colegas políticos con los que tengas discusiones o referencias de la misma temática del libro? Interlocutores a ese nivel de filosofía, más allá de la praxis, de la política.

No. En la política práctica, no tanto.

 

Aquí, en tu despacho, tenés una buena biblioteca.

Es una biblioteca residual.

 

¿Esto es un manuscrito?

Eso es muy gracioso. [Se levanta y toma la carta]. La vida es peculiar. Esta es una carta de Pellegrini dirigida a un señor que se llama Rivas. Rivas, aparentemente, era el jefe del Partido Autonomista Nacional. Era en el año 1902. Pellegrini murió en 1906. Y había sido presidente en 1890. Entonces me llama mi abuela materna, Laferrère, y me dice: “Vení a ver unos papeles de Laferrère. Hay que guardarlos, clasificarlos, venderlos, regalarlos”. ¡Y tac! Aparece Pellegrini. Dice lo siguiente: “Mi Estimado Rivas: Queda usted autorizado para convenir con Laferrère en la incorporación de los amigos al PAN, en las condiciones que usted crea convenientes a nuestro partido y que me indica en su carta de hoy. Por mi parte, doy por aceptado lo que usted acepta. Respetuosamente. Carlos Pellegrini”. 1902. Entonces encuentro esa carta y me la guardo. Me voy a lo de “Paco” Durañona, el intendente de Areco, que es el jefe de Mariano, y Paco me dice: “Acabo de encontrar esta foto que quiero que la tengas vos”. [Muestra la foto] Este flaco de acá es un tipo que se llama Mariano De Vedia, un diputado. Paco, que es Durañona y Vedia, me dice: “Acá está tu bisabuelo, que es Federico Pinedo”. Y este que está al lado era Gregorio Laferrère. O sea, mis dos bisabuelos están sentados uno al lado del otro. En la banca. Sé que esto es 1902, porque fue la única que vez que Laferrère fue a la Cámara de Diputados. Lo eligieron diputado y fue a una sola sesión (risas). Que era esa sesión para votar a favor del divorcio, que finalmente perdió por un voto. Y los dos, Laferrère y Pinedo, votaron a favor del divorcio. Yo decía: “¡Qué increíble que mis dos bisabuelos estén sentados uno al lado del otro!”.  Es lo que se llama sincronía.  La única vez que fue Laferrère. Está la foto. Y justo está esta carta en que Pellegrini le dice a Rivas que se incorpore Laferrère al partido “en las condiciones que usted acepte” y la condición es que le mangó la banca de Diputado Nacional. ¿Vos te das cuenta?

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Last modified: 4 junio, 2018

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