Genealogía de un peronismo de baja intensidad

Política

Para Julieta Quirós, el problema ontológico de la obstinación intelectual construida alrededor del peronismo es la primacía de lo bonaerense por sobre el resto del país. No se trata de algo antojadizo, sino de la consecuencia –la distorsión– de un país unitario. Justamente por eso Quirós ofrece una mirada desde Córdoba y define al justicialismo como una necesaria negociación entre su versión bonaerense y las provincianas –léase el resto–: de este modo, una especie de actualización política y doctrinaria es aquello “que se cose y se desgarra entre esas partes en cada momento histórico”. Desde este artefacto teórico-metodológico, la doctora en antropología e investigadora de CONICET conversó con Bunker sobre su texto “La interna peronista del siglo XXI. Enseñanzas desde Córdoba, corazón de un drama nacional” –incluido en el libro ¿Volverá el peronismo? que la editorial Capital Intelectual publicó en la serie La Media Distancia–, en el que analiza una forma de modular peronismo en el interior del interior que abrió una temprana fisura que explica buena parte de la derrota y la actualidad del movimiento fundado por Juan Perón.

 

Definís al peronismo cordobés como de baja intensidad: una diagonal entre una lectura “empresarial y conservadora de la tradición justicialista” y una demanda de apertura que obligó a cierta desperonización. ¿Cuáles son los antecedentes que explican este ADN?

La historiografía reciente encuentra que la constitución de los peronismos provinciales estuvo marcada por una matriz o componente conservador: implicó una continuidad en el poder –vía Partido Peronista– de elites políticas locales ya constituidas. En el caso de Córdoba, el historiador César Tcach identifica que el partido peronista fue aglutinador de sectores –nacionalistas, antiliberales, de la Acción Católica, entre otros– opositores al gobierno del radical Amadeo Sabattini –fuertemente popular, con el cual el peronismo naciente habría de tener tanta afinidad programática como antagonismo de poder. Podríamos ponerlo así: llegaron los ‘40 y Córdoba ya tenía un movimiento y un liderazgo carismático propios, de color rojo y blanco; el peronismo tuvo que hacerse un lugar ahí.

Mi caracterización del peronismo cordobés hegemónico como un peronismo de baja intensidad se remonta, sin embargo, a un momento mucho más reciente: la Renovación en los años ‘80 y ‘90. Este movimiento fue la manera en que el peronismo derrotado en 1983 se dijo a sí mismo: “Bajemos cinco cambios”. Las cosas en su lugar: el partido adelante del sindicato, el político profesional delante del sindicalista, la corbata sobre la campera, el programa sobre las pasiones. Profesionalizar era desapasionar, y eso implicaba desperonizar para incluir a Otros. En Córdoba esta operación fue liderada por la figura de De la Sota; su cruzada no consistió tanto en desplazar al poder sindical del partido –ese trabajo estaba allanado porque históricamente el justicialismo cordobés había sido hegemonizado por cuadros más políticos que sindicales, y aquí tenemos una señal del ADN del que hablábamos antes–; más bien consistió en empezar a hablarle a un electorado que ya no era “los peronistas” en Córdoba sino los hombres y mujeres cordobeses. Fue esta suerte de desperonización la condición para hacer del peronismo una alternativa efectiva de poder en una provincia en la que –y hablo ya de fines de los ‘90– el radicalismo estaba en crisis como gobierno, pero no así la identidad radical.

 

A este peronismo se le cruzó desde la Casa Rosada otro ‒el K‒ que propuso un rearmado nacional en unas coordenadas contrarias a la propuesta cordobesa. ¿Este es el origen de la interna peronista del siglo XXI? ¿Desde qué vector es apropiado pensarla: izquierda/derecha, Buenos Aires/interior, cosmopolitismo/conservadurismo, o desde la intensidad del peronismo?

Mi hipótesis es que la interna peronista está hecha de todos esos vectores y de sus interdependencias: se trata, en definitiva, de las encrucijadas de la política argentina, y como tales son inescindibles, una no puede hacerse ni entenderse sin la otra. A veces el análisis político necesita simplificarlas, producir una explicación monocausal que le resulte incontestable, entonces privilegia o sobrerrepresenta alguno de esos clivajes: en general el ideológico, izquierda/derecha. Claro que este vector es políticamente fundamental e ineludible, pero el juego y las posibilidades de unidad y fragmentación del peronismo no se agotan ni se definen exclusivamente por términos ideológicos. Podríamos decir, inclusive, que la capacidad de conducir al peronismo con algún grado de unidad reside en la capacidad de tejer puentes entre esos distintos vectores, es decir: considerarlos en pie de igualdad como diferencias –y potenciales fracturas por tanto– concomitantes, a las cuales atender. Si pensamos en la historia reciente, podemos decir que Néstor Kirchner supo hacer eso.

 

Sostenés que los perjudicados de esta grieta fueron los intendentes: se vieron obligados a un juego de lealtades, o bien con el gobierno nacional, o bien con el provincial. Este juego se movió por una dinámica de “relaciones personales”. ¿De qué se trata? Con la llegada al gobierno de Cambiemos, ¿se mantuvo esta dinámica?

La política local es escurridiza y movediza, y usualmente sigue lógicas que pueden resultar incomprensibles o irracionales a las claves de lectura provincial o nacional. Para poder gestionar una localidad del interior del interior, por ejemplo, los intendentes deben establecer relaciones razonablemente fluidas con los poderes provinciales y nacionales. Esas relaciones no pueden depender solamente de las estructuras partidarias, sino que necesitan hacerse en el propio andar de la gestión, a través de vínculos interpersonales y de interconocimiento que van sellando compromisos políticos de distinto alcance e intensidad. Siempre pongo como ejemplo de mis trabajos en el interior cordobés a los momentos electorales: en una elección provincial o nacional uno puede encontrar a intendentes poniendo fiscales para más de una fuerza partidaria –para peronismos en competencia, por ejemplo–, con las que mantiene distintos tipos de alianza y compromiso. Durante el kirchnerismo, muchos intendentes cordobeses pudieron o tuvieron que tejer distintas alianzas parciales con los peronismos K y no K; por momentos pudieron hacer equilibrismo entre ambos, en otros tuvieron que poner un pie en un solo lado si no querían caer al abismo de la grieta.

Cambiemos inició la gestión en 2015 con un enérgico movimiento pro intendencias. En su primer año de gestión Macri convocó a una reunión nacional de intendentes, enviando invitaciones a cada localidad directo desde la presidencia. A excepción de los K puros, los peronistas cordobeses fueron todos. Tiempo después ese movimiento pareció desalentarse hasta quedar prácticamente inactivo: esto puede haber sido o bien porque, en los hechos, Cambiemos no estuvo dispuesto a dar poder a esos intendentes sin garantías de apoyo político; o bien porque los gobiernos provinciales –Schiaretti en este caso– le advirtieron: “Con mis jefes comunales trato yo”.

 

“La culpa no es de afuera, la culpa es del peronismo”, es tu cita a un intendente cordobés que describe las responsabilidades compartidas de los peronismos enfrentados en la victoria macrista. Con esto decís que sacarse de encima al kirchnerismo le trajo un problema identitario al peronismo cordobés: “matar a tu alter-ego es necesariamente matar algo de vos”. ¿Ese problema no es de todo el peronismo alternativo? Se lo acusa de ser alternativo al kirchnerismo antes que a Cambiemos.

Sí, es un problema de todo el peronismo alternativo o peronismo perdonable, como dice Jorge Asís. Sergio Massa y la promesa de esa ancha avenida del medio que vuelta y media se le vuelve cortada. Durante el primer año de la gestión de Cambiemos, espacios como el massismo o el peronismo cordobés hegemónico pudieron reposar en el diálogo y el rol de oposición “responsable”; pero después, acercándose las legislativas de 2017, tuvieron que salir a hacer un arduo e infructuoso trabajo de desmimetización con el macrismo. No encontraban la forma: cuando se peronizaban, se acercaban demasiado al kirchnerismo. Al peronismo no K la definición identitaria se le volvió un campo minado.

“Cordobesismo fue la clave política con la que el peronismo cordobés codificó su enfrentamiento con el kirchnerismo en términos de una puja entre federalismo versus centralismo, provincia del interior versus puerto de Buenos Aires. Fue también el estandarte desde el cual De la Sota buscó proyectarse como alternativa nacional a un futuro peronista sin kirchnerismo. En este sentido el lema cordobesista no fue un localismo: fue la bandera de un Nosotros, los peronismos del interior”

En el trabajo le das importancia al “neo-ruralismo”: una migración de la ciudad al campo que se involucra en la política cordobesa con una relación lábil con las estructuras preexistentes. Este “neo-ruralismo” es percibido por el nativo cordobés como algo porteño, extraterritorial y, por lo tanto, emparentado al kirchnerismo. ¿Es un problema real o una suerte de chivo expiatorio?

La incidencia política de la migración llamada neo-rural (es decir, la migración y radicación de población metropolitana en los interiores de la provincia de Córdoba y de otras provincias del país) es un fenómeno que podemos caracterizar como cuantitativamente menor. Empezando por el hecho de que, en las localidades serranas de Córdoba, por ejemplo, la comunidad votante de venidos o llegados de la ciudad es claramente minoritaria en relación a la población nacida y criada. Sin embargo, mi observación es que esta población venida –que el nacido y criado aglutina en una identidad genérica (los jipis), en la cual percibe una comunidad de valores, ideas y modales que le resultan culturalmente ajenos y que se encuadran en lo que comúnmente se conoce como progresismo–, ha operado en el territorio como una suerte de representación viva del adherente kirchnerista y, por contigüidad, de kirchnerismo. Estas son las contingencias de los procesos políticos que muchas veces el análisis politológico pierde de vista: en muchos interiores de la provincia de Córdoba –y otro tanto debe haber ocurrido en otros interiores del país– los neo-rurales hemos contribuido, sin proponérnoslo, a que el kirchnerismo sea vivido como cosa de los “de afuera”, es decir, cosa forastera. Y las relaciones de alteridad entre los de acá y los de afuera inevitablemente pasaron a integrarse a –y potenciar en muchos casos– los clivajes entre peronismos.

 

Además del problema identitario, la alianza entre macrismo y peronismo cordobés produjo un cordobesismo por otros medios. ¿Qué significa esto?

“Cordobesismo” fue la clave política con la que el peronismo cordobés codificó su enfrentamiento con el kirchnerismo en términos de una puja entre federalismo versus centralismo, provincia del interior versus puerto de Buenos Aires. Fue también el estandarte desde el cual De la Sota buscó proyectarse –fundamentalmente después del conflicto del campo– como alternativa nacional a un futuro peronista sin kirchnerismo. En este sentido el lema cordobesista no fue un localismo: fue la bandera de un Nosotros, los peronismos del interior. En las elecciones de 2015, el peronismo cordobés festejó la derrota del kirchnerismo –no solo como gobierno nacional sino a nivel provincial, donde queda muy debilitado– como un acto de liberación; cada visita, abrazo y acuerdo firmado entre los amigos Schiaretti y Macri operaron como prueba y metáfora de la flamante pax entre Provincia y Nación. Esta alianza ofreció a los cordobeses un cordobesismo por otros medios, en la medida que sustituyó el Córdoba versus Nación por el Córdoba corazón de la Nación.

Y es por eso que cuando el peronismo cordobés no tiene mejor idea que echar mano como último recurso –en las legislativas de 2017– para producir algún tipo de diferenciación con el macrismo, al “viejo” cordobesismo –“¿Saben ustedes que en Buenos Aires el transporte vale la mitad que en Córdoba? ¿Saben que en Buenos Aires la luz está subsidiada por todos nosotros? ¿Por qué los cordobeses tenemos que bancar todos estos privilegios para los porteños? Esta es una historia de más de 200 años!”, decía un candidato del peronismo provincial en un acto de campaña durante aquellas legislativas–, tuvo un fracaso estrepitoso. Cambiemos le ganó por la fragosa cifra de 16 puntos, porque ese cordobesismo ya no existía más. Si ahora para 2019 la cosa pinta distinta –el peronismo cordobés no teme, como sí temió en 2017, la pérdida de la gobernación– es solamente porque la gestión nacional de Cambiemos está hoy en serios problemas.

 

Para vos la mentada unidad es una carta mítica: “tiene tanta fuerza de realidad como la realidad que la desdice”. Sin embargo escribis al inicio del trabajo que el peronismo, según el momento histórico, se define por las costuras y desgarramientos de sus distintas partes ‒peronismo bonaerense y el resto‒ sujetas a una negociación necesaria. Ahora, si se consolida lo que se perfila para el año que viene, cristinismo e intendentes del conurbano versus peronismo alternativo, ¿no habría que pensar que en la lógica de negociación del peronismo prima el desgarramiento por sobre la costura?

Eso que llamamos unidad del peronismo es la costura siempre parcial y momentánea de los peronismos realmente existentes. Hay costura porque hay partes. Y esas partes no solo son ideologías sino también territorios, relieves, tonadas y geopolíticas. Probablemente tengamos que pensar que el peronismo no es algo que se rompió en partes, sino que las partes son primero: y de tanto en tanto necesitan hacer peronismo en singular. En esa necesidad –que es también el reconocimiento de una identidad, sin duda– consiste el peronismo. Con lo cual es muy probable que si la cartografía de 2019 se fragmenta –por un lado el cristinismo y los intendentes alojados en la provincia de Buenos Aires y por otro los peronismos perdonables del Interior– el peronismo no se habrá conformado como alternativa.

 

¿Se puede pensar que el peronismo se encamina nuevamente a que un tercero dirima su interna?

En realidad pienso que eso sucedió en 2015, cuando fue el propio peronismo –en Córdoba de manera palmaria– el que llamó a gritos a ese tercero: en ese momento el peronismo no kirchnerista se dijo y le dijo a su electorado: “Voten amarillo así nos sacamos esto de encima; después lo que sigue lo resolvemos nosotros”. Están en eso y les está costando; pero ahora –y esta es la diferencia con 2015– los peronismos saben que se necesitan.

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Last modified: 28 febrero, 2019

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