En busca del progresismo perdido

Ideas

Progresistas fuimos todos. Del antimenemismo a Kirchner, cómo construyeron el progresismo las revistas políticas es una investigación que analiza un ciclo que se remonta a finales de los años 90 y llega hasta los albores del siglo XXI y aborda lo que, a falta de una mejor definición histórica, podríamos llamar el “auge y caída del sueño progresista”. Para hacerlo, sus autores, María Noel Álvarez y Eduardo Minutella, delimitaron un corpus de cuatro revistas –trespuntos, Veintiuno, Debate y TXT–, centrales en la discusión política del tardomenemismo, la Alianza y los inicios del kirchnerismo, e intentaron rastrear, en sus temas, en su gramática y en sus dioses y demonios, esa extraña entelequia llamada “progresismo”. El resultado es algo más que la arqueología de uno de los términos más difusos del diccionario político argentino: es también el intento por contar desde otro ángulo la historia de los años 90, por desentrañar el santuario progre argentino –de Chacho Álvarez a Lanata–, por analizar las formas y los límites de un periodismo que mientras denunciaba al menemismo vivía su propia era de pizza con champagne y por entender, también, cómo la lengua progresista de los 90 vislumbraba futuros distópicos e ingenuos mientras alimentaba el imaginario, no solo del kirchnerismo, sino también de una parte central del PRO.

 

¿Por qué hacer, hoy, una arqueología del progresismo de los años 90?

Eduardo MInutella: Lo que nos llevó a querer hacer este libro fue un proceso, que notamos desde hace ya varios años, en el que el progresismo pasó a ser, o bien impugnado, o bien reconceptualizado. Me acuerdo, por ejemplo, de un texto de Edgardo Mocca en el que reivindicaba cierto discurso antiprogresista. Empezó a aparecer gente que decía: “Yo fui progresista pero por suerte ya no lo soy”. O gente, también, que se veía como el verdadero progresismo, pero aclarando que el progresismo había atravesado un proceso de amputación de sus zonas “liberales”. En los 90, en general, cuando uno decía “progresismo” todos entendían más o menos de qué se hablaba, por más que fuera una definición de perfiles muy difusos. Eso empieza a cambiar en los últimos años del kirchnerismo.

 

Revista trespuntos – mayo de 1999

¿Y por qué hacer esa arqueología del viejo progresismo perdido a partir de la lectura de las revistas políticas de esa época?

E.M.: Nosotros trabajamos en un ámbito rodeado de periodistas y nos llamaba mucho la atención cómo un grupo de personas que diez o quince años antes habían coincidido en un montón de espacios, de repente aparecían atravesados por una distancia infranqueable, incluso por una incapacidad de diálogo absoluto. Y cómo todo eso, a su vez, derivó en malas prácticas periodísticas.

María Noel Álvarez: Las revistas que elegimos son semanarios que, por lo menos en sus etapas iniciales, hacían un periodismo con recursos, con fuentes, había una pretendida objetividad que se nota que genuinamente se buscaba. Sobre todo en trespuntos y en TXT, en su primer año. Nuestra idea, en ese sentido, fue un poco intentar reconstruir también determinados estándares de calidad que se perdieron: trabajar en equipo, con fotógrafos, con archivo. No es que todo eso no exista más. Pero se fue perdiendo, en parte por condiciones materiales de producción.

 

La década del 90 marca el momento más alto de la respetabilidad periodística. El periodista es el actor social de mayor credibilidad, hay sueldos altos, las revistas tienen tiradas muy masivas. Todo eso desapareció. ¿El periodismo argentino también tuvo su 2001?

E.M.: El antimenemismo le permite a los periodistas ocupar el lugar de fiscales, que la población no encuentra en el Poder Judicial. Es la época del auge del periodismo de investigación. Lo que había empezado a hacer en los 80 Lanata en El Porteño y después explota con Verbitsky, se generaliza a fines de los 90. Hasta Telenoche investiga. Todos investigan. En ese marco, ejercer el periodismo, para muchos jóvenes sobre todo, se vuelve una forma de militancia no política. Si la política es un espacio viciado, el periodismo es un espacio heroico, que permite prosperar profesionalmente y a la vez intervenir, denunciar, estar del lado del “bien”.

M.N.A.: El otro día nos decía [Marcelo] Zlotogwiazda: “Éramos héroes los periodistas. Nos paraban en la calle para sacarnos fotos”. Es el momento en que aparece ese rol y un poco quisimos ir a ver cómo era, qué límites tuvo. Lo que nos preguntamos también es en qué momento empezó a cambiar eso.

 

Revista Veintitrés – agosto de 2000

En qué momento se fracturó.

M.N.A.: Una cosa que quisimos ver es cuál era ese discurso progresista de fin de los 90. Y encontramos, por ejemplo, que de derechos humanos no había tanto como uno podría pensar. No se hacían notas especiales para el 24 de marzo. Sí había temas de género, de pobreza, de economía. Pero lo central era la anticorrupción, la justicia, ese componente de un progresismo preocupado por las instituciones.

E.M.: Una cierta impronta liberal, vinculada con un discurso socialdemócrata, pero de una socialdemocracia que era más ética que política. Había una parte de la población que creía que la Alianza iba a poder generar esa síntesis virtuosa entre ética y sensibilidad social, recostada en la convertibilidad. La crisis se lleva puesto no sólo al gobierno de De la Rúa y a la convertibilidad, sino también al progre, a esa forma de pensar del progresismo. Y también al propio periodismo, porque es la época de la pérdida de la inocencia. “Nos mean y Clarín dice que llueve” es una consigna de los estertores de 2001.

“En los 90, en general, cuando uno decía “progresismo” todos entendían más o menos de qué se hablaba, por más que fuera una definición de perfiles muy difusos. Eso empieza a cambiar en los últimos años del kirchnerismo”

En la introducción dicen que este corpus de revistas supone la “génesis de un tipo de progresismo que, a nivel local, tomaba distancia de las tradiciones anteriores de la izquierda y se organizaba a partir del rechazo al menemismo”. Roxana Patiño ve esta misma crítica a la hegemonía de la cultura de izquierda en el campo intelectual ya en las revistas culturales de los 80, como El Porteño, por ejemplo. ¿Ustedes reconocen ahí un linaje?

E.M.: Hay puntos en común. Pero creo que El Porteño o El Periodista de Buenos Aires son para un público muy pequeño, por lo que su discurso siempre circula muy endogámicamente. Es como si uno hablara de la revista Unidos. Lo particular de estas revistas de fines de los 90 es que son masivas. O buscan serlo. La revista Veintiuno llega a tirar 200 mil ejemplares. Entonces saca un poco del nicho a esas discusiones. Pero claro, al multiplicarlas también se pierden matices y calidad de análisis.

M.N.A.: También hay una cuestión generacional. En Veintiuno, por ejemplo, conviven [Eduardo] Blaustein con periodistas más jóvenes. Y los periodistas más jóvenes no tenían una militancia política. O sea, realmente eran periodistas que tenían cierta sensibilidad social, cierta preocupación por la igualdad, por la justicia, por la anticorrupción, pero no tenían una militancia. Ninguno era parte de un partido político. Hay un distanciamiento con la política en términos de militancia tradicional, una distancia con el Estado… No era un proyecto atractivo ser parte del Estado. Al contrario, era visto de una manera despectiva. Entonces aparece el periodismo como una forma de intervenir social y políticamente desde otro lugar. Esos son los valores que están en esa generación.

Revista Debate – junio de 2004

E.M.: Y tampoco hay una reflexión concienzuda en términos ideológicos. Vos les preguntás cómo se identificaban políticamente y nadie sabe. Uno más o menos los puede ir ubicando en algún espacio. Pero cuando les preguntás qué entendían ellos por progresismo, las respuestas no son muy diferentes a las que puede darte una persona que no tiene nada que ver con el periodismo. “Bueno, progresismo es apoyar a las Madres de Plaza de Mayo y escuchar a León Gieco”.

M.N.A.: También había una cierta inocencia y al mismo tiempo una sensación de creerse más poderoso que el poder. Martín Sivak dice: “No éramos conscientes de que por ahí con estas notas estábamos siendo funcionales a un sector de la Alianza que quería perjudicar al FREPASO”. Esteban Schmidt dice que había una suerte de goce en el hecho de sentir que el poder lo tenían ellos, los tres o cuatro editores que se juntaban todas las semanas a decidir qué ponían en las tapas.

 

“La crisis de 2001 se lleva puesto no sólo al gobierno de De la Rúa y a la convertibilidad, sino también al progre, a esa forma de pensar del progresismo. Y también al propio periodismo”

Esa aritmética de “Madres de la Plaza + León Gieco” que mencionaban recién permite pensar que hay un imaginario progre que influye o se continúa sobre cierto campo simbólico del kirchnerismo. Pero ustedes hablaban también de cierto componente liberal en el progresismo de los 90. Hay un número de trespuntos que ustedes analizan donde se intenta resumir el progresismo en una serie de conceptos y muchos de los términos concebidos como opuestos al ser progresista se riñen con el futuro ideario kirchnerista (como “militancia” o “ideología”) mientras que otros enarbolados como positivos podrían ingresar sin problemas en el discurso del PRO (“libertad”. “ciudadanía”, “alternancia”). ¿Hasta qué punto el progresismo de los 90 hunde sus raíces también en el discurso del PRO, o al menos en esa suerte de obamismo in pectore que declaman algunos cambiemitas?

E.M.: No puedo dejar de pensar en el progresismo de los 90 como a caballo entre la tradición socialdemócrata y la liberal, pero en un país donde existe el peronismo. En los 90 el peronismo gobernaba, aunque después muchos quisieron decir que eso no era peronismo, pero claramente estaba en el poder. Con muchos de los actores que continuaron y continúan en el poder. Por lo tanto, este progresismo tenía claramente un componente antiperonista. Era más fácil ser antiperonista por izquierda, con un peronismo en el poder, alineado con los Estados Unidos y pregonando un discurso antiliberal. Y en la medida en que en el progresismo está incluida la idea de progreso o modernización, la idea de apertura hacia el mundo, claramente eso puede ser retomado desde el ala más “liberal-obamista” de Cambiemos. La idea de: “Modernicemos, ingresemos al mundo, respetemos ciertos valores civiles indispensables como la libertad, la libertad de expresión, la crítica de la corrupción”. Ahí sí hay una recuperación posible. No por parte de Patricia Bullrich.

 

Revista TXT – mayo de 2003

No. Pero sí de un Hernán Iglesias Illa, por ejemplo.

E.M.: Claro. O de Marcos Novaro.

M.N.A.: Hay otra cosa también y es esta idea de la antipolítica. Esta idea que tiene Cambiemos de que los funcionarios vienen del mundo privado y hacen un sacrificio. Eso también tiene que ver con esa tradición –que no se terminó– de que la política es algo sucio y de “si no nos metemos nosotros, que somos buenos y eficientes, ¿quién se va a meter?”.

E.M.: Separar a la política de la gestión. Hay una revista que siempre aparece como por rebote, pero no es parte de este corpus, que es La Primera. En todo el núcleo de La Primera, de los canales y las radios de Hadad, está ese discurso de la política como algo malo en sí. O sea, no por omisión, sino como afirmación. La política es mala en sí, por lo tanto hay que dejar el país en manos de los empresarios. Paradójicamente son las revistas que se dirigen a un público más de derecha las que tienen más armadito ese discurso. En nuestro corpus, en cambio, ves un cúmulo de contradicciones, especulaciones, tapas que parecen de ciencia ficción, Zamora y Carrió candidatos a presidente y vicepresidente. Cosas por el estilo.

 

Una de las figuras centrales del progresismo de los 90 es Chacho Álvarez. ¿Chacho detectó, quizás como ningún otro “progre” de la época. el poder político de los medios?

E.M.: Chacho me parece que es un pionero en el sentido de captar ciertos estados de opinión e incluso multiplicarlos desde los medios, a punto tal de –como suele decirse, y esto no es ficción, lo hemos hablado con un montón de gente– gran parte de la militancia –que era muy pequeña– del primer Frente Grande se enteraba de por dónde iba la cosa por lo que Chacho decía en los medios. Hoy nos parece muy lejano, pero hay un estallido de la televisión en los 90. Durante el alfonsinismo había cuatro horas de televisión a la mañana y cuatro a la tarde, porque después se cortaba la energía. Y se repetían siempre los mismos programas. En los 90 esto se multiplica. Chacho, en ese sentido, me parece que es un político quizás nuevo. Está mirando lo que pasa en el mundo. Es Chacho pero no Jaroslavsky.

“Lanata votó a Kirchner. La revista TXT incluso edita un debate donde [Carlos] Barragán le dice: “¿Pero te parece votar a estos? Son peronistas””

Revista trespuntos – febrero de 2002

Otra figura central de la época es Jorge Lanata. ¿Cambió Lanata o el de hoy es, en algún punto, una patrulla perdida de ese ethos progresista de los 90?

E.M.: A Lanata siempre le rinde bien ser opositor. Lanata es un self made man. Todo el tiempo construye su épica. Se autorrelata. Escribe libros, novelas. Es un tipo que contesta las cartas de lectores. Lanata nunca investiga. La única investigación realizada por Lanata es el libro sobre la AMIA, donde dice que la traffic no existió. Esto te lo dicen sus propios colegas: nunca produjo hechos de investigación periodística de calidad. Sí fue un gran armador de equipos, un gran gestor de proyectos, un empresario. Claudia Acuña alguna vez lo definió como un eyaculador precoz, con ese vocabulario a veces no tan prolijo de Claudia, pero descriptivo. Tiene muchos éxitos rutilantes. Pero durante un período breve y después se baja.

M.N.A.: En Veintiuno pasó eso. Le puso toda la energía los primeros meses y después soltó.

E.M.: Lanata siempre fue un tipo que le gustó posicionarse como contracultural y como opositor. Pero si uno ve sus prácticas, digamos, para el gran público cambió. Pero para los periodistas no cambió tanto. Más bien tendió a cambiar poco. Fijate que los momentos de máximo éxito de Lanata son momentos donde él puede articularse como portavoz de una parte de la oposición a un oficialismo. La crisis del alfonsinismo, el segundo gobierno de Menem.

 

¿En 2001?

M.N.A.: El 2001 lo encontró medio desorientado a Lanata. En diciembre de 2001, termina de hacer el programa del 20 de diciembre y se va cuarenta días a Europa, y el programa queda con Tenembaum, Zloto y Paenza.

E.M.: Y hacen un programa que se llamaba Periodistas.

M.N.A.: Y cuando él vuelve, se pelean.

 

Pero 2002 es el año de los libros. De su intento por ser un Michael Moore vernáculo.

E.M.: Exacto. Ahí, con el primer kirchnerismo… Que él no es opositor todavía. Lanata votó a Kirchner. La revista TXT incluso edita un debate donde [Carlos] Barragán le dice: “¿Pero te parece votar a estos? Son peronistas”.

M.N.A.: Lanata lo plantea como el menos malo. Porque había que ganarle a Menem.

E.M.: Ese Lanata empieza a hacer unos libros muy malos.

M.N.A.: Libros para explicar la argentinidad.

E.M.: Y hace lo mismo cuando gana Macri. Termina Periodismo para Todos. Después vuelve, pero haciendo otro tipo de programa. Hace unos documentales sobre Neustadt, sobre el Che Guevara. O sea, cuando hay un oficialismo con el que acuerda –no digo acuerda solamente en términos económicos, sino con el que simpatiza– baja la guardia.

 

No sabe cómo hacer periodismo.

E.M.: Claramente. Porque el tipo hace novelas, escribe libros de historia. Hace una revista que se llama Ego, en 2001, cuando se está cayendo la Argentina, sobre cocina, placeres, modelos. Y hay algo, también, que recorre toda su trayectoria y es que para él los argentinos pueden ser de dos maneras: o muy chorros o muy boludos. Esto lo vas a encontrar en todas las revistas, en toda su obra literaria, en todos sus editoriales, en los programas de televisión. Siempre oscila entre esa lógica. No hay matices.

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Last modified: 27 agosto, 2019

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